La Navidad de Nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo

Nuestro Señor Jesucristo, el Salvador del mundo, nació de la Santísima Virgen María en la ciudad de Belén durante el reinado del emperador Augusto César. Augusto, en aquella época, decretó que un censo fuera realizado en su imperio, que en aquel entonces también incluía a Palestina. Los judíos estaban acostumbrados a censarse solo en la ciudad de donde su familia provenía. La Santísima Virgen y el justo José, que eran descendientes de la casa y linaje del rey David, tuvieron que ir a Belén para ser censados allí.

En Belén no encontraron habitación en ninguna de las posadas de la ciudad. Por lo tanto, el Dios-Hombre, el Salvador del mundo, nació en una cueva que era utilizada como establo. “He aquí veo un extraño y glorioso misterio”, canta la Iglesia con admiración: “El cielo es una cueva, la Virgen un trono de querubines, la gruta es una habitación, en la que Cristo Dios, a quien nada puede contener, es puesto”. (Irmos de la novena oda del canon Natividad).

Después de haber dado a luz al divino Niño, la Santísima Virgen “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre” (Lc 2:7). En la quietud de la medianoche (Sabiduría de Salomón 18:14-15), el anuncio del nacimiento del Salvador del mundo fue escuchado por tres pastores que cuidaban allí cerca sus rebaños.

Un ángel del Señor (San Cipriano dice que fue  el Arcángel Gabriel) se presentó ante ellos y les dijo: “No temáis. Porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2:10-11). Los humildes pastores fueron los primeros en adorar a Aquel que se dignó en asumir la forma de un siervo humilde para la salvación de la humanidad. Además de la buena nueva a los pastores de Belén, el nacimiento de Cristo fue revelado a los “Reyes Magos” por una estrella maravillosa. San Juan Crisóstomo y San Teofilacto, al comentar el Evangelio de San Mateo, dicen que esta no era una estrella ordinaria. Más bien, era “un poder divino y angelical que apareció en la forma de una estrella”. San Demetrio de Rostov dice que fue una “manifestación de las energías divinas” (Narración de la Adoración de los Magos). Al entrar en la casa donde estaba el Niño, los Reyes Magos “cayeron al suelo, y le adoraron: y abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt 2:11).

La Fiesta que celebramos hoy, en conmemoración de la Natividad en la carne de nuestro Señor Jesucristo, fue establecida por la Iglesia. Su origen se remonta a la época de los Apóstoles. En las Constituciones Apostólicas (Sección 3, 13) dice: “Hermanos, observad los días de fiesta… y en primer lugar el del nacimiento de Cristo, que se debe celebrar el vigésimo quinto día del noveno mes”. En otro lugar dice también: “Celebrad el día de la Natividad de Cristo, en el que la gracia le es dada al hombre por el nacimiento de la Palabra de Dios de la Virgen María para la salvación del mundo”.

En el siglo II San Clemente de Alejandría indica que el día de la Natividad de Cristo es el 25 de diciembre. En el siglo III San Hipólito de Roma menciona la fiesta de la Natividad de Cristo, y nombra las lecturas del Evangelio para este día a partir de los primeros capítulos de San Mateo.

En el año 302, durante la persecución de los cristianos llevada a cabo por el Emperador Maximiano, 20.000 cristianos de Nicomedia (28 de diciembre) fueron quemados en la iglesia en la misma fiesta de la Natividad de Cristo. En ese mismo siglo, después de la persecución y cuando la Iglesia ya había recibido la libertad de culto y se había convertido en la religión oficial del Imperio Romano, nos encontramos con la Fiesta de la Natividad de Cristo observada en toda la Iglesia. Hay evidencia de esto en las obras de San Efrén el sirio, de San Basilio el Grande, San Gregorio el Teólogo, San Gregorio de Nisa, San Ambrosio de Milán, San Juan Crisóstomo y otros Padres de la Iglesia del siglo IV.

San Juan Crisóstomo, en un sermón que dio en el año 385, señala que la Fiesta de la Natividad de Cristo es muy antigua. En este mismo siglo, en la Gruta de Belén, hecho famoso por el nacimiento de Jesucristo, la emperatriz Santa Elena hizo construir una iglesia, que su poderoso hijo Constantino adornaría después de su muerte. En el Códice del emperador Teodosio del año 438, y del emperador Justiniano en el año 535, la celebración universal del día de la Natividad de Cristo fue establecida por ley. Por lo tanto, Nicéforo Calixto, un escritor del siglo XIV, dice en su Historia que en el siglo VI, el emperador Justiniano estableció la celebración de la Natividad de Cristo a través de todo el mundo.

El Patriarca Anatolio de Constantinopla en el siglo V, Sofronio y Andrés de Jerusalén en el VII, San Juan de Damasco, San Cosme de Maium y el Patriarca Germán de Constantinopla en el VIII, el Monje Casiano en el IX, y otros cuyos nombres se desconocen, escribieron muchos himnos sagrados para la fiesta de la Natividad de Cristo, que aún se cantan en la Iglesia en esta radiante festividad.

Durante los tres primeros siglos, en las Iglesias de Jerusalén, Antioquia, Alejandría y Chipre, la Natividad de Cristo se combinaba con la fiesta de su bautismo el 6 de enero, y la llamada “Teofanía” (“Manifestación de Dios”). Esto se debió a la creencia de que Cristo fue bautizado en el aniversario de su nacimiento, lo que puede inferirse a partir de sermón de san Juan Crisóstomo sobre la Natividad de Cristo: “no es el día en que nació Cristo, que se llama Teofanía, sino más bien el día en que fue bautizado”.

Apoyando esta visión, es posible citar las palabras del evangelista san Lucas que dice que “cuando Jesús comenzó a tener unos treinta años de edad” (Lc 3:23), fue bautizado. La celebración conjunta de la Natividad de Cristo y su Teofanía continuó hasta el final del siglo IV en algunas Iglesias orientales, y hasta el siglo quinto o sexto en las demás.

El orden actual de los servicios preserva la memoria de la antigua celebración conjunta de las fiestas de la Natividad de Cristo y de la Teofanía. En las vísperas de las fiestas, existe una tradición que uno debe ayunar hasta que aparecen las estrellas. El orden de los oficios divinos en la víspera de los días festivos y los de los propios días de esta fiesta es la misma.

La Natividad de Cristo ha sido durante mucho tiempo considerada como una de las Doce Grandes Fiestas de la Iglesia. Es uno de los más grandes, más alegres y maravillosos eventos en la historia del mundo. El ángel dijo a los pastores: “He aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todas las personas. Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Y esto será una señal para vosotros: hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Entonces, de repente apareció con el ángel una multitud del ejército celestial, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lc 2:10-20).

Así, la Natividad de Cristo, un evento muy profundo y extraordinario, fue acompañada por maravillas que anunciaron a los pastores y a los Reyes Magos. Esta es la causa del regocijo para toda la humanidad, “que el Salvador ha nacido”.

Coincidiendo con el testimonio del Evangelio, los Padres de la Iglesia, en sus escritos inspirados por Dios, describen a la fiesta de la Natividad de Cristo como base y fundamento de todas las otras fiestas.