Gran Santo Mártir Procopio

San Procopio, el gran mártir, nativo de Jerusalén, vivió y sufrió durante el reinado del emperador Diocleciano (284-305). Su padre, un eminente romano de nombre Cristóbal, era cristiano, pero su madre, Teodosia, pagana. Fue privado de su padre siendo niño, y criado solo por su madre. Después de haber recibido una excelente educación, fue presentado a Diocleciano, en el primer año de la asunción del emperador al trono, y rápidamente avanzó en la administración pública. Hacia el año 303, cuando la persecución abierta contra los cristianos comenzó, Neanius (el nombre que tenía Procopio) fue enviado como procónsul a Alejandría con la orden de perseguir a la Iglesia de Dios. En el camino a Egipto, cerca de la ciudad siria de Afamea, Neanius tuvo una visión del Señor Jesús, similar a la visión de Saulo en el camino a Damasco. Una voz divina exclamó: “Neanius, ¿por qué me persigues?” Neanius preguntó: “¿Quién eres, Señor?” “Yo soy el crucificado a Jesús, el Hijo de Dios”. En ese momento una cruz radiante apareció en el aire. Neanius sintió un gozo inefable y la felicidad espiritual en su corazón y se transformó de perseguidor en un seguidor entusiasta de Cristo. Desde ese momento las palabras del Salvador se hicieron realidad en su vida: “Los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mt 10:36). Su madre se dirigió al Emperador para quejarse por la conversión de que su hijo. Neanius, entonces, fue convocado por el Procurador Judeo Justus, quien le entregó solemnemente el decreto de Diocleciano. Después de leer la directiva de presentar sacrificios a los dioses paganos, Neanius rompió el decreto ante los ojos de todo el mundo. Esto era considerado un crimen, que los romanos consideraban un “insulto a la autoridad”. Neanius fue llevado bajo vigilancia y en cadenas a Cesarea de Palestina. Después de terribles tormentos, el santo fue arrojado a una prisión húmeda. Esa misma noche, una luz resplandeció en la prisión, y el Señor Jesucristo mismo bautizó al sufrido confesor, y le dio el nombre de “Procopio” que significa “el que prospera”. Repetidamente se llevó a Procopio a la sala de audiencias, exigiendo que renunciara a Cristo, y lo sometieron a más torturas. Su ardiente fe hizo que Dios derramara abundantemente su gracia sobre los que fueron testigos de su ejecución. Inspirado por el ejemplo de Procopio, muchos de los guardias y algunos soldados romanos se convirtieron a Cristo, doce mujeres recibieron coronas de mártires, e inclusive la madre de Procopio, Teodosia se arrepintió, confesó la fe en Cristo y fue ejecutada. Por último, el nuevo procurador, Flavio, convencido de la inutilidad de las torturas, condenó al Gran Mártir Procopio a la decapitación. Por la noche los cristianos tomaron su torturado cuerpo, y con lágrimas y oraciones, lo enterraron. Este fue el primer martirio que se llevo a cabo en Cesarea (303).