Dormición de Santa Ana, la madre de la Madre de Dios

El día 25 de julio recordamos la Dormición de Santa Ana, la madre de la Virgen María. Aunque no se sabe mucho sobre la vida de la abuela del Señor, Ana, la Iglesia la recuerda con mucho fervor en diversas fechas del año, como también pide sus intercesiones en todas las conclusiones de los oficios litúrgicos.

Su padre era sacerdote, se llamaba Matzán y su madre se llamaba María. Santa Ana tenía dos hermanas: María y Sovín. María (la hermana de Ana) tenía una hija: Salomé. Sovín tenía una hija que se llamaba Elizabeth, quien fue la madre de Juan el Bautista.

La Tradición nos habla de la santidad de vida de Santa Ana: a pesar de su deseo, no podía tener hijos, pero esto no provocó que disminuyera su confianza en Dios, aún con su avanzada edad; la misericordia de Dios disolvió la esterilidad y el vientre infértil dio a luz a la Madre de Nuestro Salvador.

Con ella creció María: educada en el temor de Dios y con costumbres santas. María desde el seno de su madre asimiló el temor de Dios, amamantando las virtudes. En la Virgen se acumuló toda la santidad del Antiguo Testamento, incluida la de sus padres, Joaquín y Ana, y se colmó con su humildad y absoluta obediencia a Dios: “He aquí que soy tu sierva, hágase en mí tu voluntad.”

El recuerdo de la maternidad de Santa Ana nos dice: no privemos a nuestros hijos de la oportunidad de crecer en Dios, enseñándoles virtudes antes que alfabetos, presentándolos en el Templo antes que en cualquier otro lugar, y entregándoles como herencia santidad, el único tesoro inagotable. Estas no son palabras de otro mundo, sino propias del hombre nuevo renacido en Cristo por el Bautismo.